‘Aurifer Tagus’ un artículo de J. Chaves de Arcayos

‘Aurifer Tagus’ lo denominaban los romanos desde tiempos del poeta Cayo Valerio Catulo

El río Tajo a su paso por Toledo, patrimonio natural de la capital de Castilla-La Mancha. / EC

J. Chaves de Arcayos / Toledo

Las aguas del río Tajo vuelven a ser protagonistas. El mejor compañero de la ciudad a lo largo de los siglos no levanta cabeza. Espumas de contaminación surcan de nuevo sus aguas como hacía tiempo que no se veía. Una enfermedad degenerativa que no parece importar a nadie.

Los responsables políticos sólo están preocupados en desmarcarse del asunto, no en buscar soluciones. Que no parezca culpa suya. Mejor aún si es del contrario; y más todavía cuanto menor sintonía cromática exista entre sus siglas. Una auténtica lástima.

Desde 1972 está prohibido bañarse en el río a su paso por Toledo. La calidad de las aguas lo desaconseja. Más del 75 por ciento de su caudal está formado por aguas fecales de la vecina Madrid, de donde proceden la mayoría de los más de 2.500 vertidos autorizados que gestiona la Confederación Hidrográfica del Tajo, dueña y señora de la cadena del retrete que es hoy el río. Pero esto no fue así siempre.

Las fotografías de los años 60, con las ‘playas del Tajo’ rebosantes de bañistas, forman parte ya de la mitología del río; a pesar de que cada cierto tiempo algún político de turno prometa recuperar el baño en la ciudad.

Muchos menos recuerdan que existió un Club Náutico de Toledo, fundado por Eduardo Butragueño Bueno, a la postre capitán de marina mercante, y hay que echar mano a documentos antiguos para contrariarse con la calidad de sus aguas.

Alfonso Limón Montero, médico oriundo de Puertollano formado en la Universidad de Alcalá y reconocido por sus estudios sobre la calidad de las aguas minerales en España en el Siglo XVII (‘Espejo cristalino de las aguas de España’, 1697) señalaba que las aguas del Tajo eran «excelentísimas», «delicadísimas» y «muy suaves», «muy cristalinas». Recomendaba las mismas para quitarse el paño de la cara, esas manchas oscuras especialmente comunes en mujeres embarazadas por acción de las hormonas. Limón Montero afirmaba que las aguas del Tajo «aclaran el color de los rostros» y dan «buen lustre», «algo que tienen experimentado las damas toledanas».

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Alfonso Limón Montero, médico oriundo de Puertollano, describía así el río Tajo.

Impensable sería hoy que persona alguna se lavara la cara con agua del Tajo a su paso por Toledo. Al menos voluntariamente y con intención estética, otra cosa sería evaluar las consecuencias en la piel a la exposición de la contaminación del río.

Si sorprendentes resultan las alabanzas de Limón Montero, fruto de la leyenda nos suenan ya los textos clásicos. Y es que, una cita muy frecuente dentro de la literatura latina a partir del Siglo I A.C. es la que habla del río Tajo como portador de oro. ‘Aurifer Tagus’ lo denominaban los romanos desde tiempos del poeta Cayo Valerio Catulo, primero que así lo cita en sus versos. Y es un hecho, digno de destacar, la coincidencia unánime de todas las fuentes clásicas, que insisten repetidamente sobre este punto, tanto poetas como prosistas, geógrafos e historiadores.

Afirmaban en tiempo de los romanos, que las aguas del Tajo eran ricas en oro, y que portaban el preciado metal en pepitas, copos, lentejas o en forma de fino polvo. Ovidio, Marcial, Estació, Silio Itálico, Plinio, Claudio Claudiano, Solino y San Isidoro, por citar solo algunas de las referencias, siguen fielmente el áureo calificativo aplicado por Catulo al Tajo. Pero ese punto nunca ha podido ser probado. Nunca en tiempos modernos se han encontrado pruebas de la existencia de oro en el Tajo, por lo que muchos han optado por considerar al ‘Aurifer Tagus’ como un símbolo de riqueza o abundancia.

Herodiano citado por Ammiano Marcelino.
Herodiano citado por Ammiano Marcelino.

Tal fue la fama del Tajo que cuenta Herodiano, citado por Ammiano Mercelino en sus obras, que el emperador Antonino Pio no bebía otro agua que no fuera la suya, obligando a que se le llevaran a Roma como un preciado regalo. No probaba ni el vino, sólo agua del río Tajo, un lujo y un capricho que hoy podría costarle un disgusto.

Un pasado ‘dorado’ del mismo río que hoy apenas corre por Toledo. Sin caudal y contaminado, en lo que parecen los últimos estertores del enfermo terminal en que se ha convertido el compañero de fatigas de la Ciudad Imperial.

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