La ‘Espada de San Pablo’, una historia cargada de misterio

SEGUNDA Y ÚLTIMA ENTREGA

Lienzo del templo conventual con el martirio de San Pablo, aparece la espada. / Y. Lancha

Francisco Rodríguez / Toledo

Y es que, ¿dónde están ahora mismo las dos réplicas de la espada? ¿Qué paso con ellas a la muerte de Franco y el cardenal Tarancón? Ese es otro misterio.

El autor de esta investigación ha tratado sin éxito de encontrar y fotografiar las réplicas que en 1967 y 1969 se regalaron respectivamente a Franco y Tarancón. Patrimonio Nacional, organismo público dependiente de la Presidencia del Gobierno y responsable de los bienes de titularidad de Estado Español, ha confirmado que no tiene entre sus inventarios, tanto del palacio del Pardo en el que residió Franco, como de toda su red a lo largo del país, ningún objeto que se corresponda con la descripción de la espada. Eso sí, apuntaron al respecto de la historia a la existencia del pergamino del siglo XVIII de Palomares entre los fondos del Museo de Santa Cruz.

La Fundación Francisco Franco tampoco tiene constancia del objeto, y un nieto del ingeniero jefe de la Fábrica de Armas Buenaventura Osset, Fernando Campoy, tampoco recuerda nada del día en que su abuelo entregó la espada al dictador.

El Museo de Santa Cruz tiene aún entre sus fondos el citado pergamino, y a su vez confirmó que pudo exhibir desde 1996 a 2010 una réplica de la espada, que llegó a ellos como cesión del Museo del Ejército y que luego devolvieron. Germán Dueñas, conservador jefe del Departamento de Armas del Museo del Ejército, confirma que el arma les llegó a través de «fondos de la Fábrica de Armas», a la vez que no descarta la hipótesis que se hicieran más de dos réplicas.

El Arzobispado de Toledo tampoco tiene constancia que entre el patrimonio que dejara Tarancón (no es habitual llevarse los regalos) se encuentre nada parecido al cuchillo de San Pablo, mientras que en el Arzobispado de Madrid, siguiente destino del cardenal, confirman que ni en los inventarios de la Catedral de la Almudena ni en el Palacio Episcopal consta ninguna espada o réplica que perteneciera a Tarancón.

Una vez más, la historia se repite y los rastros de la reliquia, ya sea copia o no, se borran.

Por último, y puestos a ampliar la historia de la espada, es de especial interés el relato de la actual madre superiora del convento. La Madre Teresa cuenta con 87 años. Navarra de nacimiento, entró en el convento de las Jerónimas de San Pablo en 1947 y recuerda a la perfección la primera búsqueda de la espada, un relato que entona con la importancia de haberlo vivido en primera persona, y con sutiles diferencias.

«Vinieron y nos dijeron que iban a buscar la espada, y que si la encontraban nos arreglarían el convento. Dejaron todo patas arriba, tiraron varios tabiques y se fueron dejando las cosas peor que estaban», recuerda como testigo presencial de la búsqueda de 1950. «Buscaron en la mina», aclara para referirse, no al pozo del patio del convento, como afirma la creencia general, sino a una especie de aljibe que abastece de agua al convento, «pero no lo encontraron».

Y es que, la madre Teresa tiene otra versión de los hechos que contradice la oficial, y que le llegó de boca de dos de sus hermanas, que eran novicias cuando estalló la guerra en 1936. «Los soldados entraron en el convento y cuando sacaban detenidas a las monjas uno de ellos, en la portería, tenía en su mano el cuchillo de San Pablo. Algunas le gritaron que lo soltara, que era una reliquia, pero él se limitó a decir que era un arma para intentar matarles y que lo iba a tirar. Después fusilaron en la misma portería al portero (demandadero) y a un sacerdote en una columna del patio».

Con testigos, sin pozo ni ocultación por parte del difunto demandadero, el destino de la espada original sigue siendo un misterio. Guardada en los fondos del Museo del Ejército, esa era la única réplica conocida hasta hoy, una obra de talla menor en comparación con la hoja que será entregada a las religiosas del convento por parte del periodista autor de esta investigación, Francisco Rodríguez, y el maestro espadero Antonio Arellano, que participa en la iniciativa.

Con la entrega de esa reliquia se devuelve la espada de San Pablo a Las Jerónimas, se recupera una tradición de hace más de 80 años en Toledo y se mantiene vivo su legado; el recuerdo de un mito que, quizás, aún no ha escrito su última palabra.

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